Thomas Piketty. “Es difícil construir confianza en el gobierno con tanta inflación durante tanto tiempo”

Thomas Piketty compiló en un libro gran parte de la investigación que hizo durante décadas. El capital en el siglo XXI se editó en francés en 2013. Allí, el economista postuló que la tasa de acumulación de capital crece más rápido que la economía. Consecuencia: la desigualdad aumenta. Para revertir ese proceso, propuso la creación de impuestos globales a la riqueza y, fundamentalmente, a la herencia. Basó su trabajo en datos de concentración de la riqueza y su distribución durante los últimos 250 años. El texto quedó ahí, entre consumidores académicos.

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Pero en 2014 el libro se tradujo al inglés y la rueda empezó a girar. En poco más de un año, se vendieron más de un millón de ejemplares en el mundo y Piketty se convirtió en uno de los hombres más escuchados del planeta. El director de estudios en la École des Hautes Études en Sciences Sociales y profesor asociado de la Escuela de Economía de París generó polémica, encendió las opiniones y logró lo que nadie en los últimos años: puso sobre la mesa global el debate sobre la desigualdad, la pobreza y la riqueza.

Llegó a la Argentina a presentar la versión en castellano de su obra, editada por Fondo de Cultura Económica. En pocos días se agotaron los 6000 ejemplares que se imprimieron y ya está en imprenta la edición sucesora. Piketty no se privó de hablar de la Argentina. Se quejó por la falta de acceso a las estadísticas, dijo que la inflación crea más desigualdad y escuchó al ministro de Economía, Axel Kicillof, explicarle que el Gobierno hace un gran trabajo para luchar contra la desigualdad, pero el problema es que los medios están en contra. “Yo no digo que eso no pueda pasar, pero a eso se responde con más transparencia”, dice entre sonrisas.

¿Cómo encarar la charla con un académico que dedicó su vida a la obra que publicó? ¿Es posible para un cronista discutir sus postulados en una hora? La opción fue escucharlo y dejar que el lector juzgue a uno de los 100 pensadores globales más influyentes, según la revista Foreign Policy.

-Usted escribió durante años sobre desigualdad, pero sólo después de traducir al inglés su libro se motivó un debate global.

-El éxito del libro refleja una demanda muy fuerte de la democratización del conocimiento económico. Muchas personas en diferentes países están cansadas de escuchar que esto es muy complicado para ellos y quieren emitir su propia opinión sobre los temas económicos. La historia de los ingresos, la riqueza, la deuda pública o el capital que yo trato de dar en mi libro es muy accesible.

-¿Por qué cree que ahora es la oportunidad del debate sobre la desigualdad?

-En cada país tienen diferentes formas de ocuparse del tema de la desigualdad. En Estados Unidos hay una gran preocupación por el aumento del 10% superior, en otros países tenemos el tema de la deuda pública, como en Europa y la Argentina. En cada parte del mundo leen mi libro de manera diferente. Hay distintos debates acerca de estos temas, pero en todos los casos veo una fuerte demanda de conocimiento económico. No se trata sólo de temas técnicos económicos, esto es una historia política y de control social. Hay una gran demanda por entender este proceso.

-¿Cuál cree que fue el principal aporte de su libro? ¿Introducir el tema al debate o la investigación que usted hizo?

-La investigación llevó al debate. En realidad, por supuesto que la cantidad de atención y el impacto del debate global fue mucho más de lo que yo esperaba. Yo estaba tratando de hacer un libro que fuera fácil de entender para una audiencia internacional amplia, pero nunca pude esperar que el debate sobre la desigualdad fuera tan fuerte. Estoy muy contento con que haya estimulado una discusión global. No escribí este libro para los economistas, sino para una audiencia internacional amplia. Desde el principio del libro traté de demostrar que la historia del dinero no es solamente de dinero, que tiene que ver con la vida de la gente.

-Su gran postulado es que las rentas del capital superan el crecimiento del salario. ¿Cómo se sale de ese esquema?

-Podemos aumentar el crecimiento con más inversión en educación e innovación; también ayudar a las jóvenes generaciones a conciliar los hijos con la vida profesional. La posibilidad de una reducción en la población y de crecimiento negativo poblacional a mí me asusta. Por supuesto que tiene que ser un crecimiento limpio, que requiere inventar nuevas formas de energía. No creo que crezcamos al 5% por año para siempre. La evidencia histórica sugiere que la productividad puede crecer a 1 o 2%. Para la población, la estimación oficial es que podemos convertir el 0% de crecimiento del siglo XX en positivo en este siglo. No va a crecer 5% el PBI para siempre, de modo que creo que debemos ir hacia otras soluciones.

-Pero volvamos a su postulado.

-La tasa de retorno de capital es más alta que el crecimiento de la economía. Cinco por ciento de tasa de retorno del capital y 1 o 2% de tasa de crecimiento de la economía. Esto no es malo, no estoy diciendo que deberíamos reducir la tasa de retorno a 0% porque sería una catástrofe, nadie podría ahorrar ni invertir. Lo que tenemos que hacer es algo más sutil. La mejor solución, además de invertir en educación, es tener un sistema tributario progresivo sobre las riquezas para que las personas que comienzan a acumular riquezas, que no pagan impuestos o pagan poco, lo empiecen a hacer. El tema no es evitar la acumulación de riqueza, porque es buena y positiva, sino evitar la desigualdad excesiva a través de una tributación progresiva.

-¿Cómo se implementaría un impuesto global a la riqueza?

-Con más cooperación global. Es posible combatir los paraísos fiscales o tener más información informática transfronteriza de los bienes financieros. No podemos esperar un gobierno global perfecto. No deberíamos usar la falta de colaboración global como una excusa para no hacer nada. Hay mucho que se puede hacer a nivel nacional.

-¿Por ejemplo?

-En América latina el sistema tributario podría ser más progresivo. Es muy regresivo porque confía en los impuestos indirectos. Por ejemplo, en la Argentina, son más de la mitad de la tributación. En la Argentina no hay impuesto a la herencia a nivel nacional, porque fue abolido en 1976 y nunca se reintrodujo. La elite no quiere tener impuesto a la herencia, eso es verdad. No veo por qué deberíamos pagar impuestos más altos sobre el consumo y el poder adquisitivo de los trabajadores que cuando recibimos riqueza sin trabajar.

-¿Cómo cree usted que se implementaría un impuesto así?

-Antes de pensar en un impuesto global a la riqueza, deberíamos crear en la Argentina un impuesto a la herencia. Lo importante es que cada país haga lo que pueda. Luego, lo que tengo en mente no es un gobierno global unificado, sino que cada gobierno nacional recaude su propio impuesto a la riqueza y a los ingresos.

-¿Eso no es una utopía?

-No lo creo. Porque hace unos años casi todos decían que el secreto bancario en Suiza estaría para siempre. Y después de un pedido de Estados Unidos, Suiza cambió la ley y ahora tendrán transmisión automática de información de los bancos suizos.

-Usted dice que China es una poderosa fuerza de reducción de desigualdad en todo el mundo?

-El crecimiento de China permitió una reducción de la pobreza allí y en el mundo. La población de China es tan grande que, si uno reduce la pobreza allí, la reduce en el mundo. Hace 40 años, China era un país con mucha igualdad, pero en la pobreza. Ahora el problema es que la desigualdad allí se volvió excesiva, está llegando a niveles muy elevados. Uno de los mayores riesgos para China y el mundo es que se pueda convertir en una especie de Rusia pos-soviética, donde hay oligarcas muy ricos, que toman la riqueza y la sacan de China. Cuando hablo con los líderes chinos dicen que quieren evitar esto, pero la forma en que luchan contra la corrupción y la desigualdad no es muy eficiente. Como los rusos: de repente mandan a la cárcel a unos pocos oligarcas y no hacen mucho más que eso.

-¿Hay una puerta abierta, sobre todo en Europa, para la extrema derecha?

-Sí. No digo que vayan a tomar el poder a nivel nacional en Francia, pero sí que van a ganar en varias regiones y eso sería suficiente para crear mucha tensión en Europa. Es muy peligroso. Los líderes políticos en Europa, en París, Berlín y Bruselas deben preocuparse mucho por esto.

-¿Le gustaría ser ministro de Economía de Francia?

-No. En realidad, no. Me gusta escribir libros. Estoy contento con eso. La política no debería ser un trabajo.

-Usted relata que una manera de luchar contra la desigualdad es la apertura comercial. Sin embargo, hoy hay países que cada vez son más restrictivos.

-¿Cómo qué países?

-Por ejemplo, la Argentina. Los emergentes.

-La apertura comercial, en el largo plazo, es una fuerza positiva para el crecimiento y el desarrollo, por lo tanto, para la reducción de la pobreza. Hay políticas que pueden hacer que las ganancias derivadas del comercio beneficien a todos los grupos de la sociedad. Pero hay dos condiciones para esto: en algunos casos, la apertura comercial debería ser gradual, en algunos casos es necesario proteger a algunos sectores para que se preparen para la competencia internacional. Y la segunda condición es que uno tiene que tener políticas para invertir en habilidades, destrezas, educación, infraestructura, para que todos los grupos puedan beneficiarse de la apertura comercial. Puede ser un error confiar en las fuerzas naturales del mercado y en la apertura para resolver todo.

-¿A qué se refiere cuando habla de la guerra de las edades?

-Al hecho de que algunos grupos etarios contribuyen mucho en el sistema jubilatorio, para la jubilación de sus padres, y se preguntan si ellos también gozarán de ese sistema. Esto crea grandes desequilibrios; la reducción de crecimiento poblacional está creando un gran problema de financiamiento para el sistema jubilatorio. Era mucho más fácil para la generación que se jubiló en el momento de un alto crecimiento de la población, porque el tamaño de la generación que contribuía para ellos era más grande que su propia generación. Entonces, si pasa lo contrario, habrá problemas en el sistema jubilatorio. Aunque estos conflictos generacionales son importantes, la mayor parte de la desigualdad se da dentro de las generaciones.

-¿Es determinante la baja del crecimiento poblacional?

-Sí, creo que es un riesgo grande. Crea problemas para las jubilaciones, pero es mucho más que eso. También le da mucha importancia a la riqueza heredada, que se vuelve muy importante en una sociedad en la que se reduce el crecimiento de la población. Puede hacer que sea muy difícil para las generaciones jóvenes que no tienen riqueza familiar contar sólo con su ingreso por trabajo personal. Así es muy difícil acceder a una propiedad. Entonces, el rol de la transmisión familiar de la riqueza se vuelve más importante en las sociedades con un estancamiento en su población.

-La mejor época de las materias primas ha terminado. ¿Cree que América latina, que es gran productora de commodities, perdió la oportunidad de invertir en conocimiento?

-Yo no diría que perdió la oportunidad. Diría que algunos países podrían haber hecho más. No estoy diciendo que los países que no hicieron nada perdieron el tren por completo. Creo que el precio de las commodities en el futuro se va a mover, es muy difícil predecir qué va a pasar en cinco o diez años. Lo importante es pensar en la economía poscommodities e invertir en capital, equipo y capital humano. Algunos países han hecho eso.

-¿Qué opina de los problemas para estudiar la economía argentina por falta de datos?

-Primero voy a decir que no puedo dar lecciones de lo que deben hacer. También me quiero disculpar de que la Argentina y los países de América latina no estén tan presentes en mi libro como me hubiera gustado. Pero esto no es mi culpa por completo. El acceso a los datos económicos fiscales, de ingreso y de riqueza es difícil en la Argentina y los países latinoamericanos. Hay mucho debate acerca de las estadísticas económicas en la Argentina, principalmente acerca de la inflación. Necesitamos más transparencia de las estadísticas económicas. Es difícil ocuparse de la distribución y el conflicto en un país como la Argentina si no hay más transparencia en las estadísticas.

-¿La inflación es uno de los principales problemas para luchar contra la desigualdad?

-Genera mucha desigualdad y mucha redistribución, muchas veces en la dirección adecuada y otras tantas en la dirección inadecuada. El problema de la inflación es que es caótica, según si los salarios de un grupo particular o los precios pagados por otro grupo particular la incrementan más rápido o no. Todos están descontentos porque todos creen que están perdiendo piso comparados con el otro. Por eso la inflación es la expresión de una distribución del conflicto poco transparente. Es muy difícil construir confianza en los gobiernos, en las instituciones de un país y más estabilidad. Es difícil lograrlo con tanta inflación durante tanto tiempo, y tanta incertidumbre acerca del nivel real de la inflación, la pobreza y la desigualdad en un país.

-¿Qué le dijo Kicillof sobre esta falta de transparencia?

-Me dijo que sí, que tengo razón, que debería haber más acceso a los datos fiscales. Dijo que íbamos a tenerlo. Veremos, veremos…

-¿De qué otros temas habló con el ministro Kicillof?

-Hablamos mucho acerca de la situación argentina. Kicillof me dio su versión acerca de la controversia de la inflación. Fue muy interesante escuchar su posición. Dijo que su gobierno está tratando de hacer lo mejor posible para reducir la desigualdad y que los medios están en su contra. Yo creo que en algunos casos puede ser que los medios estén sesgados contra un gobierno en particular. Pero si se quiere responder a este tipo de controversias hay que actuar con transparencia. La mejor respuesta es favorecer más acceso a los datos y mayor transparencia.

Mano a mano

De la academia al estrellato global

Es un rockstar, pero de la economía. Era el mediodía del lunes y había una hora para la entrevista, en los sillones del lobby del Hotel Sheraton. Y fueron 60 minutos de reloj: cinco minutos de fotos donde Thomas Piketty accedió a posar cuantas veces se necesitó, y 55 de animada conversación. Cambió la vida de este economista francés de 43 años, flaco, sencillo y bien predispuesto. Hace un año, vivía en los claustros académicos donde se dedicaba a estudiar las desigualdades globales. Desde hace un año, en cada país que pisa causa polémica, lo esperan los medios, lo escucha la clase dirigente y además, lo reciben los presidentes. Lo idolatran o lo critican, pero jamás pasa desapercibido. Estuvo un puñado de días en el país, con agenda intensa. El viernes se encontró con el ministro de Economía, Axel Kicillof, y el sábado con la presidenta Cristina Kirchner, en Olivos. Fue un encuentro de horas. “Tiene que ir a firmar ejemplares”, fue el pedido de uno de sus colaboradores a Aníbal Fernández, que estaba en Olivos. “¡Olvidate! Pegó onda con la Señora. Hay que esperar”, fue la respuesta del quilmeño.

Un futuro posible, según Piketty

¿Cómo impactarán los movimientos migratorios en la economía global?

Necesitamos más migración en el siglo XXI. Tenemos una población que crece rápidamente en África con muy malas condiciones de vida. La migración es parte de la solución. El problema es que para que sea aceptable para la población necesitamos políticas fiscales y educativas más inclusivas. En las últimas décadas la globalización colocó mucha presión en el grupo de bajas destrezas que migró a países extranjeros. Además, ese grupo compite con el de baja competencia en China. Esto genera una doble presión en este grupo. No quiero excusarlos, pero hay un montón de presión sobre estos grupos. Pierden por la competencia en el resto del mundo y pierden dos veces porque estamos dando un descanso impositivo al grupo más rico mientras que ellos pagan más impuestos al consumo, tienen menos transferencia social. Si queremos evitar un coletazo político necesitamos justicia social y política entre los países. Esto requiere de más transparencia en el sistema internacional, financiero y económico. Para obtener más migración, necesitamos más redistribución y mayor justicia social. Por Diego Cabot | LA NACION

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