Para Francisco,”una sociedad corrupta apesta”

En su visita a Nápoles, pidió “no ceder a la tentación del dinero fácil” y criticó a la mafia

NÁPOLES.- Tuvo palabras que sorprendieron por su dureza contra la corrupción, llamó a los napolitanos a reaccionar contra la camorra y a no dejarse robar la esperanza y hasta logró que San Genaro, el patrono de esta ciudad, hiciera el miracolo de la licuefacción de la sangre, como muchos esperaban.

Francisco fue recibido con fervor al llegar al duomo de Nápoles. Foto: Reuters

Francisco fue recibido con fervor al llegar al duomo de Nápoles. Foto: Reuters

La maratón de 11 horas que protagonizó ayer el Papa en Nápoles, la tercera ciudad en importancia de Italia después de Roma y Milán, superó todas las expectativas. En la visita, marcada por un baño de multitud y un clima de fiesta, Francisco pronunció uno de los discursos más fuertes de su pontificado contra la corrupción, un tema sobre el que pone la lupa cada vez que puede.

“¡La corrupción apesta, la sociedad corrupta apesta, un cristiano que deja entrar dentro de sí la corrupción no es cristiano, apesta!”, clamó, en un discurso dirigido a los jóvenes de Scampia, el barrio que cuenta con el récord de desempleo de Europa (61%) y que es un centro de ilegalidad, pobreza y marginación.

El ex arzobispo de Buenos Aires no hablaba sólo para los napolitanos: “¡Cuánta corrupción hay en el mundo!”, subrayó.

Jorge Bergoglio sentenció que “una cosa corrupta es una cosa sucia” y agregó que “si encontramos un animal muerto que se está corrompiendo, que está «corrupto», es feo y también apesta”.

Rodeado de chicos con los que antes se habían sacado selfies, Bergoglio arremetió contra la corrupción después de escuchar los testimonios de una inmigrante filipina, un trabajador y un juez, en un palco montado a metros de Le Vele, el complejo de edificios símbolo de la degradación y criminalidad de Scampia.

“Pero, díganme, si nosotros les cerramos la puerta a los inmigrantes, le sacamos el trabajo y la dignidad a la gente, ¿cómo se llama esto?”, preguntó, saliéndose del discurso preparado.

“Se llama corrupción y todos nosotros tenemos la posibilidad de ser corruptos; ninguno de nosotros puede decir: «Yo nunca seré corrupto». ¡No! Es una tentación, es caer hacia los negocios fáciles, hacia la delincuencia, hacia la explotación de las personas”, clamó, aludiendo a la criminalidad organizada y generando una ovación entre la gente.

En el sermón que pronunció más tarde en una misa en la Plaza del Plebiscito, en el centro de la ciudad, fue más directo. Al pedirles a los napolitanos que no se dejen robar la esperanza, de hecho, llamó a “reaccionar con firmeza a las organizaciones que explotan y corrompen a los jóvenes, los pobres y los débiles, con el cínico comercio de la droga y otros crímenes”. “No dejen que su juventud sea explotada por esta gente”, clamó, refiriéndose a la Camorra. “Que la delincuencia y la corrupción no desfiguren el rostro de esta bella ciudad. Es más, que no desfiguren la alegría del corazón napolitano”, pidió. “A los criminales y a todos sus cómplices hoy yo humildemente, como hermano, repito: ¡conviértanse al amor y a la justicia! ¡Déjense encontrar por la misericordia de Dios!”, exhortó.

Espontáneo, y sonriente desde que llegó, por la mañana temprano, hasta que se fue al atardecer, el Papa cautivó a los napolitanos.

“Es un hombre extraordinario, simpático, simple, que rompe todas las reglas y trae genuina esperanza”, dijo a LA NACIÓN con lágrimas en los ojos Assunta, jubilada que se despertó al alba para obtener un buen lugar en la misa. “Maradona, Higuaín, Papa Bergoglio, siete il nostro orgoglio [son nuestro orgullo]”, podía leerse en una de las decenas de pancartas que le daban la bienvenida al Papa.

Pese a una agenda agotadora, Francisco, de 78 años, mostró energía en toda la jornada, marcada por buen tiempo y medidas de seguridad que no opacaron la fiesta. No descansó, como estaba previsto, después de almorzar con 120 detenidos en la cárcel de Poggioreale.

Allí, tuvo palabras de aliento para los reclusos, entre los cuales había transexuales, gays y enfermos de sida. Comió maccheroni al horno y las clásicas sfogliatelle napolitanas hechas por los propios presos. Y se sentó a una mesa de 12, entre los cuales había un argentino. El Papa, que también tuvo un encuentro con el clero en la catedral, donde se dio el milagro de San Genaro (ver aparte), y otro con enfermos, también habló en dialecto napolitano. Se despidió varias veces de la multitud con el tradicional que “a Maronna v’accumpagni” (que la Virgen los acompañe).

En todas las etapas, tuvo recepciones llenas de calor popular. Tanto en Scampia como en el encuentro con jóvenes en la costanera, que cerró la gira, fue recibido al grito de “¡Viva el Papa! ¡Viva Jesús!”. La multitud agitaba banderitas del Vaticano amarillas y blancas, entre las cuales se destacaban varias argentinas.

“Queridos amigos, mi presencia quiere ser un impulso a un camino de esperanza, de renacimiento y de saneamiento”, dijo Francisco a los napolitanos. Y destacó su espíritu en cierto modo muy latinoamericano con una frase para muchos inolvidable: “La vida en Nápoles nunca fue fácil, pero nunca fue triste”. Por Elisabetta Piqué  | LA NACION

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