Cuento mañanero para leer los fines de semana: ésta mañana me declaré anti-testigos…

La mañana de éste sábado había comenzado muy bien, con el clima agradable, los rayos del sol entrando por la ventana, mi perro dándome muestras de cariño para que lo saque a pasear… Un rico café hizo que la mañana se pusiera mucho mejor, todo estaba perfecto, hasta que…

Toc, toc, golparon la puerta.

De pronto, es como si el cielo se oscureciera.

En la mañana de este sábado, muy temprano, dos serias señoras disfrazadas de viejas amables, golpearon la puerta de mi casa, para decirme que el Fin del Mundo estaba cerca.

Con voz cordial y una mirada entrenada para detectar a los somnolientos, arrebataron mi tranquilidad, secuestraron mi tiempo.

Con alevosía y mala intensión, sus finos y arrugados dedos golpearon la puerta, los mismos que momentos antes habrían estado restregando los dorsos y las palmas de sus sarmentosas manos mientras planeaba con malicia golpear la puerta e interrumpir la fugaz tranquilidad de la mañanas sabatinas.

testigos

Al abrir la puerta, mi perro salió corriendo, puesto que había estado esperando por su paseo matinal, mientras que yo tuve que enfrentarme solo, a esas dos señoras ataviadas de formalidad. El perro pasó a su lado, sin decir ni siquiera guau, solo se fue a marcar su territorio, y yo me quedé ahí, leyendo la expresión de sus caras que parecían decir: “eres el único que nos abrió la puerta a ésta hora”.

Me entregaron una pequeña revista, de esas que ya me han entregado muchas veces en los últimos años con dibujos hechos a mano y portadas en colores opacos… En esas revistas, vi a un Jesús con un peinado que envidiaría cualquier actor de televisión, y una sonrisa de modelo de crema dental, en otras palabras, una apariencia muy metrosexual. Otras veces he visto allí, a un cordero al lado de un león… ¡Sonriendo! bueno, no estaban sonriendo (¡solo eso les faltaba!), pero con cara de buenos amigos… Es lo que ellos idealizan como: “Paraíso”.

Los segundos transcurrieron como siempre que ocurren éstos encuentros, con “buenos días” y promesas de que “será una visita breve” y “no me robaremos mucho tiempo”, y ciertamente muchas veces entregan su revista y se van, pero hoy tenían ganas de predicar, y yo, yo no tenía ganas de aceptar todo con la misma pasividad de antes, con la misma estúpida sonrisa de cordialidad forzada, corcoveando mi cabeza en señal de agradecimiento por el obsequio recibido. Hoy despertaron en mí, el sentimiento de guerra que llevamos los arianos medios locos cuando nos interrumpen la paz interior que nos regala una bonita mañana y llegan al sagrado habitáculo de nuestros hogares… A partir de ahora les daría batalla por el resto de mi vida, o al menos -como buen ariano que olvida pronto- por lo que dure ésta mañana.

Pero en mi espontánea actitud belicosa, no calculé bien que ellas venían preparadas para la guerra desde hace mucho antes de que yo me dispusiera a atacar… Así que, en un rápido movimiento de prestidigitadores, con una mano me entregaron la revista, mientras que con la otra abrieron sus maletines negros lleno de cosas… “-¡No! ¡Los maletines no! ¡No saquen más cosas!”, pensé yo, sabiendo que habían abierto la Caja de Pandora.

Éstas religiosas estaban sincronizadas como nadadoras olímpicas, o como si estuvieron practicando un repetido ejercicio militar, cambiando los fusiles de lado a lado, y fue así como sacaron a relucir la artillería pesada… y en un parpadear, dos biblias de tapas oscuras me apuntaron a la sien, una de cada lado.

Yo me esperaba de todo, de todo…, menos la rapidez de éstas señoras, quienes con sus biblias de tapas gastadas e innumerables páginas subrayadas, presumieron como pavos reales cuando muestran sus plumajes, haciendo ver que habían estado en muchas batallas urbanas contra vecinos somnolientos como yo.

-¿Sabía usted que se acerca el Fin del Mundo? Me preguntó con una naturalidad que me dejó pasmado. Yo tardé en responder, puesto que no sabía bien si me preguntaba o me afirmaba, puesto que su dicción era confusa y no comenzaba con la interrogación, sino solamente al final de la frase parecía como si fuera una pregunta.

-Bueno, yo… alcancé a balbucear, cuando ya me estaba diciendo otra cosa.

-Porque aquí en la Biblia dice… ¿Tiene su Biblia a mano? ¿Quiere ir a buscarla adentro de su casa?

Esa osadía enervó mis cabales, me estaba probando si tenía Biblia, y no es que eso me importara tanto, sino peor aun, ese mensaje fue mucho más allá, traspasó los límites de mi intimidad, y una frasesita quedaba haciendo eco en mi cabeza …”adentro de su casa… adentro de su casa”, como para que yo la invitara a pasar a mi recinto sagrado. Por último, con su provocativa frase me estaba probando si yo había leído alguna vez la Biblia… por lo que yo tenia que interpretar en otras palabras que ¡Me estaba tratando de ignorante!

Hice como que no escuché eso, y mi réplica no se hizo esperar…

-Desde que yo nací, dije sin poder quitar todavía la sonrisa estúpida de mi cara, conocí a muchas personas que dijeron que el Fin del Mundo estaba cerca, y no pasa nada. Así como los mayas, ahora están ustedes, ya casi, ya casi, y nunca pasa nada.

Eso pareció enfurecer a la interlocutora líder, la que llevaba la voz de mando, y pude ver por el rabillo del ojo, que movió su garganta de bajando y subiendo, pero no como tragando saliva, sino más bien como quien estuviera gatillando un arma semiautomática, lista para disparar… Y disparó una ráfaga de citas bíblicas, mientras que su dedo con un mal recortada señalaba los versículos subrayados que ya tenía preparados para éste asalto sabatino.

-No sé si se dará cuenta, señor (y dijo “señor”, estirando el final de la palabra, …”ñooor”), que el mundo está lleno de guerras y terremotos, son profecías que aparecen en la Biblia… dijo como si las guerras y los terremotos fueran cosas exclusivas del presente, y posteriormente continuó… Que la palabra de uno y que el versículo ocho…

Y yo les miraba con la Atalaya en mis manos, y veía como la mujer me hablaba del Fin del Mundo con un extraño gesto de sonrisa en la boca… Yo no paraba de pensar que éstas viejas arpías estaban secuestrando mi mañana, mientras robaban mi tiempo…

-Que el fin del mundo se acerca, -escuché decir varias veces-, que ya es el tiempo, que ya estamos cerca… ¿Cerca de qué? ¡Yo tengo que irme a trabajar! gritaba en mis pensamientos.

En esos momentos, mi perro regresó a la casa, y unos vecinos pasaron y me miraron sonriendo, como diciendo: “Ni modo, tú abriste la puerta para atenderlos”.

Yo sabía que era más fácil aceptar la revista y decirles: “Gracias, estoy ocupado, no tengo tiempo ahora, vengan a la tarde (en la tarde, je, cuando yo no estoy)”, pero no quise hacer eso, puesto que me di cuenta que ¡No funciona! Ellos vuelven y vuelven todos los sábados, como zombies sabatinos, directos a golpear las puertas de la casa, la del negocio, las puertas del auto, hasta la casita del perro… No te salvás de ellos, con unos Terminator, como si estuvieran entrenados para continuar en una maratón, corriendo a puro huarachazos.

Por todo eso, sabía que tenía que confrontarlos, no callarme, no tenía que decirle como siempre les habia dicho: “Vengan en otro momento”, porque ellos no entienden las indirectas, y en vez de entender lo que les quisimos decir: “no venga nunca”, ellos entienden eso mismo: “hay que venir después”… ¡Y vuelven! Por eso las confronté.

-Pero mire que por ahí yo sé, que en la Biblia dice que nadie sabe cuando será el Fin del Mundo, ni Jesús, ni los Ángeles del Cielo, así que menos ustedes (Mateo 24: 32), dije yo, ya sin la sonrisa estúpida en mi cara.

-Salvo Jehová, dijo la doña, desafiante, como si fuera maestra de rancho, y yo un pequeño alumno que solamente estuviera quieto, como esas estatuas… los moais de Isla de Pascua

-Si, salvo Dios, -retruqué yo-, pero nadie más, así que ni Jesús, ni los Ángeles, ni ustedes.

-Pero fíjese que aquí Jesús dice…

Cuando dijo eso, le interrumpí nuevamente.

-Ni Jesús, ni los Ángeles, ni ustedes. Es decir, si ustedes creen en la Biblia, y ahí dice que ni Jesús sabe del Fin del Mundo, entonces saquemos a Jesús de ésta conversación, puesto que él no está capacitado para hablar del tema… Y como ustedes tampoco deberían hablar de eso como si lo supieran, entonces ¿De qué discutimos cuando hablamos de Fin de Mundo? Si nadie lo sabe…

A partir de ese momento me apagué, entré en relax, en calma espiritual, aunque sé que eso no era calma y mucho menos espiritual, sino que era una especie de complacencia que yo interpretaba como Nirvana.

Las mujeres siguieron hablando, movían sus bocas, mientras sus largos dedos aleteaban sobre las hojas de su libro sagrado como una mariposa, o más rápido todavía, como las alas de un colibrí.

-Pero la Biblia es sagrada, dijo una, y me volvió en sí.

-¿Sagrada? pregunté yo, y agradezco haber nacido en ésta época, porque si fuera hace doscientos años estaría quemado en la Hoguera por solo dudar.

-Sí señor, sagrada, fue inspirada por Dios.

-¡Ay señora! dije yo, ¿Sabía usted que la Biblia son un montón de libros que fueron aceptados por los obispos de otra religión en el Concilio de Trento? Es decir, es gracioso que ustedes tomen como sagrado algo que fue elegido a placer por los representantes de otra religión. Ellos dijeron, éste libro sí, éste libro no, y así, formaron la Biblia, que en griego significa Libros, es decir, un conjunto de varios libros dentro de uno.

-Si, pero son inspirados por Dios…, volvió a decir.

-Bueno, si todos los libros que componen la Biblia fueran “inspirados por Dios”, dígame ¿por qué el libro Cantar de los Cantares solo habla de la desnudez de las mujeres? ¿Por qué está en la Biblia ese libro? ¿solo porque supustamente lo escribió Salomón? Para mí solo es poesía erótica ¿y ustedes llaman sagrado a esa texto que solo habla de la desnudez y los pechos de miel de las jóvenes mujeres?

-Por algo será, dijo la otra, la que estuvo callada casi todo el tiempo.

-Bueno, dígame entonces el fundamento, cuál es la causa, cual es el “algo” que usted dice.

-¡Déjalo! Dijo la “líder” a la otra. Al señor (dijo mirándome con desprecio) solo le gusta confrontar, y a la Biblia hay que creer con fe.

-Claro, creer con fe como dogmáticos, sin cuestionar nada, con esa ceguera intelectual que lleva a la gente a seguir algo por el resto de sus vidas sin cuestionar, sin saber, convenciendo a otros a caer en lo mismo, sin atreverse a que el Universo es tan grande, que pudieran existir un millón de respuetas distintas a las que se encuentran en la Biblia… sólo siguen como borregos y ovejas a alguien que les dice lo que tienen que creer.

Acto seguido, le regresé su Atalaya, y le dije que les agradecía pero ya las había leído suficiente y no las quería, que mejor se las dieran a otro.

La segunda mujer fue muy digna, puesto que pese a que la otra le estaba apurando para retirarse, ella me estrechó su mano firmeza, mientras me miraba directo a los ojos, como reconociendo que ésta batalla había sido difícil y que reconocía la bravura del enemigo. Claro,yo sé que ella no cambió un ápice de sus creencias, pero al menos supo que los que andamos por el mundo -como ellos nos dicen “mundanos”- no somos ovejas desinformadas, sino en todo caso, somos una clase ovejas electrónicas, unidos por Internet, y convertidos en unos buscadores del Conocimiento. ¡Claro que creemos en Dios! Pero en un Dios absoluto, no en la idea de un viejo barbudo que supuestamente se enojaba y mandaba a mandar a todos los que no fueran sus elegidos, como en un diluvio, como en una Sodoma y Gomora, como a los vecinos de Israel… ¡Elegidos! Es una palabra muy peligrosa. Los dioses de los “elegidos” son para los que se creen mejores, más que los demás, y esos, señoras y señores, me dan más miedo que cualquier ateo o blasfemo, puesto que nunca están dispuestos a debatir, y se escudan detrás de sus escrituras sudadas. Yo recorrí muchas Iglesias en mi juventudad, en total conté hasta trece iglesias y sectas de parte de la rama del Cristianismo, donde pasé leyendo la Biblia, escrutando con subrayados y mil colores. De la misma manera, estudié a otras religiones más, como a los judíos, musulmanes, a muchas religiones induístas, budistas, creencias africanas, espiritistas, satanistas ritualistas de varias clases y satanistas intelectualistas del libre albedrío, gnosticos y hasta a los tan despreciados ateos (despreciados por los religiosos, aclaro). Todos se encuentran con agujeros en sus creencias, principalmente en la etapa de su formación histórica de su religión o secta, por lo que después pulen o arreglan con muchas páginas de teologías contradictorias, para tapar un agujero con otro mucho mayor. Esos agujeros solo demuestran, una y otra vez, que Dios es Absoluto, y no puede estar limitada por una sola creencia, es como el cuento de los ciegos y el elefante: eran ciegos que no sabían lo que era un elefante, y un maestro dejó que cada uno de ellos se aproxime desde distintos lugares a un animal que se encontraba muy quieto… El que se aproximó a la pata, creyó que eso era un tronco o un pilar; el que se aproximó a su cola, pensé que eso era una cuerda; el que tocó su trompa, pensó que era una boa o una rama flexible; el que tocó una oreja, creyó que eso era un abanico; el que tocó su colmillo, creyó encontrar una lanza; y el que tocó la panza, creyó que eso era una pared. “Todos tienen razón -les un maestro espiritual-, se parece lo que ustedes creyeron, más no lo es, no encontraron una respuesta única, porque no pueden ver”. Algo parecido pasa con los religiosos -de la religiones que sean-, creen tener todas sus “verdades” muy ordenadas mientras predican con un sentimiento de superioridad muy elevado, como si no hubieran aprendido nada.

Cuando cerraba la puerta, escucho que la lidercilla dijo algo, como para sentirse ganadora de la discusión:

-¡Vamos! No se puede hablar. Deja que el señor tenga sus opiniones, mientras que nosotras mantendremos nuestras creencias. ¡La Biblia es Sagrada y el Fin del Mundo está cerca! gritó.

Con la puerta casi cerrada y ya sin verlas, solo atiné a decir en voz alta:

-¡Vayan a leer Cantar de los Cantares!

Cerré la puerta y sonreí como un niño travieso, aunque sabía que igualmente ya me habían arruinado mi mañana… “Al menos yo también arruiné la de ellas”, pensé. Al salir, para ir a trabajar, vi que un grupo de religiosos andaban por ahí, todos reunidos a media cuadra de la casa, hablando en voz baja… Los miré por el rabillo del ojo y seguí camino hacia mi realidad cotidiana.


Aclaración: se trata de un cuento o relato basado en una historia real, parodiando lo sucedido. En lo personal, no tengo nada contra los religiosos que andan golpeando puertas de las casas, pero por favor, no lo hagan antes de las nueve de la mañana, y mucho menos un sábado o un domingo. Fuente:  

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